El carnaval del dedo y los partidos a ritmo

El PRI lo inventó, lo reinventó, lo pulió, lo magnificó. Esperar el ‘destape’, última fase del ‘dedazo’, era motivo de fiesta y eyaculación política. Había confeti. Si al ‘dedazo”’ se le ve alguna anomalía, irresponsabilidad, arte o astucia, el de López Obrador es digno del mejor tramoyista. Y PAN, PRD, independientes, la ‘democracia’ en los bueyes de mi compadre

Hace 21 años publiqué ese arrebato de texto bajo la colección de 22 poemas titulado “Ronda del Cisne y sus Fieras” (Consejo Editorial del Gobierno del Estado de Coahuila. 1996).

Escrito, seguramente, años antes de su impresión, era (o al menos eso imaginé) una burla, una parodia, al dedo impreso en las boletas para votar, pero también al apéndice político, el índice. O, bien, a cualquier dedo inquisidor (bueno, después, los expertos en lingüística y semántica me reprobaron: No escribía poemas, sino pendejadas. Admití el oficio y seguí escribiendo pendejadas).

Hoy, ante el sufragio, en puerta, del 1 de julio de 2018 no puedo sustraerme de recrear la “Oda al dedo”. Menos cuando es la médula espinal de todos los partidos políticos, por encima de la propia interpretación del credo de la democracia.

¿Caso insólito? Quizá, pero, por donde se le busque, el dedo, y no precisamente el del ciudadano, elegirá al candidato de los partidos en pugna por Los Pinos, en alianza o no; en Frente o de frente: PRI, PAN, PRD, Morena, e independientes.

Vaya, hoy, hasta los candidatos independientes operan sus registros como verdaderos “autodedazos” porque independientemente (valga la redundancia) de las firmas recabadas, ¿quién los “palomeó” como merecedores de un acto de confianza y esperanza? En ese acto semidemocrático están Margarita Zavala, Jaime Rodríguez “El Bronco”, Armando Ríos Piter, Pedro Ferriz de Con y unas decenas más de prospectos.

El “dedazo”, o el “autodedazo”, es la extensión tanto de quien lo ejecuta como de quien lo consiente, del brazo del “primero yo, después yo y siempre yo”. Algunos van más allá, bordeando el “Yo, el supremo”, de Roa Bastos, con actos abiertamente fingidos (digamos una encuesta para elegir candidato donde el inciso “a” soy yo; el “b” otra vez yo y el “c” infinitamente yo).

Después de los independientes, los partidos, todos por igual, no cantan mal las rancheras al momento de utilizar su democrático dedo.

Utilizar el dedo para ungir a alguien quizá no debería ser un resolutivo extremo en la democracia interna de los partidos. Es decir, como organismos, aun cuando deben un respeto a sus militantes, pueden exponer las causas para definirse por Mengano o Perengano. Aunque… ¿también por ellos mismos? Es decir, ¿“autodedearse”?

Vaya, el dedo flamígero y su democrática concepción-aceptación se corrompen (sufre artritis) cuando los propios partidos y sus dirigencias niegan su uso como temor a un pecado capital, cuando es hasta un derecho si en ello va implícita la rectitud.

Describamos, por ejemplo, el modelo mejor conocido del “dedazo” y el “tapado”, el del priísmo. El PRI lo inventó, lo reinventó, lo pulió, lo magnificó. Y, durante 70 años, sus militantes y simpatizantes fueron testigos, y hasta participantes, de una verbena política.

Esperar el “destape”, última fase del “dedazo”, era motivo de fiesta y eyaculación política. Había confeti. Finalmente, el “bueno” era quien movía todas las matracas. Siempre, claro, con el infaltable “agüitado” porque no le tocó a él o lo usaron como anzuelo.

Así fue el PRI hasta Ernesto Zedillo, y con mayor efervescencia en aquellos sexenios de Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortines, pasando por Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo. Y no dejará de serlo; es un rito. Valga la refinación de la “sana distancia” a la “sana cercanía”, es decir, sin pelos en la lengua, pero entonces surgieron los críticos de ese priísmo aborreciendo sus prácticas (“liturgia”, diría el Presidente Enrique Peña Nieto), pero tan sólo para ellos mismos llevarlo a la práctica, pero por debajo del agua.

En los dos distintos sexenios a los del PRI, los del PAN, los Presidentes salientes intentaron imponer a su candidato. Eran “dedos”, pero se les arrugó. En un ejercicio interno (confrontación o libre albedrío), Vicente Fox no pudo colocar a Santiago Creel y Felipe Calderón tampoco a Ernesto Cordero. En una salió el tiro; en otra se atascó el casquillo.

En el PRI no hay pena. Incluso, el desasosiego de algunos de sus militantes es hoy no tanto por el método, sino porque ante la necesidad de amarrar el triunfo en el 2018 y, cabe decirlo, la caballada flaca, el partido, todo lo indica, está echando mano de un simpatizante bien calificado (José Antonio Meade), provocando un entendible celo partidista. Y habrá reclamos y berrinches, y al final tan amantes del dedo como siempre, ¿pero el PAN, el PRD, Morena, tan dados a criticar el oficialismo (por aquello de siete décadas en el poder)?

Hoy, el Frente (Ciudadano por México) enfrentará una disyuntiva ante el aferrado protagonismo de Ricardo Anaya, líder nacional del PAN. El dirigente panista no permitirá, por nada del mundo, quedarse “milando” como el chinito, pero le queda, quizá, la esperanza de ganar si se intenta un método abierto.

Anaya tiene la mala suerte de enfrentar a un personaje como Miguel Mancera. En trayectoria podrían estar parejos, aunque el Jefe de Gobierno tiene, precisamente, ese peldaño de más, haber gobernado la capital del país, lo cual desplaya y da puntos. Y en la truculencia del “dedazo” en el Frente, la lideresa del PRD, Alejandra Barrales, parece no tener empacho en dejarlo avanzar.

Más allá todavía, Anaya ni siquiera voltea a ver a Rafael Moreno Valle, como no lo hizo con Margarita Zavala.

Repito, si, en el contexto de su estrategia, el “dedazo” conviene a quienes se aliaron, sólo basta pasar el trago amargo de la autocrítica, convivir con él y punto.

Mancera está en lo suyo y, como Anaya, también tuvo el mal momento de enfrentar a otro púgil de su mismo peso. De lo contrario, el dedo es la solución más práctica. ¿O Mancera serviría de alfombra a Silvano Aureoles o a Graco Ramírez?

El Frente debiera reconciliarse con la fiesta del “dedazo”. Un buen consejo lo podría dar Ricardo Monreal, afectado directo del ejercicio “democrático” de Andrés Manuel -el cual volverá a repetir para autoerigirse como el ídolo-, traducido en una encuesta sin pies ni cabeza, pero con dedo.

De hecho, si al “dedazo” se le ve alguna anomalía, irresponsabilidad, arte o astucia, el de López Obrador es digno del mejor tramoyista.

Yo repito: Si Anaya, Margarita, Andrés Manuel o quien quede del PRI representa el ADN de su padre “dedólogo” y llega para bien, demos vida eterna al dedo con la debida anuencia, claro, del respetable en cada uno de sus institutos.

Sólo no se vale, en el carnaval del dedo, utilizar máscaras justicieras y de buen samaritano.

Al dedo bien le va una oda.