Un demoledor recuerdo

19 DE SEPTIEMBRE, LA FECHA QUE INSISTE EN NO SER OLVIDADA

Le llamé maldita porque de ninguna forma podría llamarle bendita. Dos días después (bajo un esotérico rictus) prefiero nombrarla sólo demoledora. Inaudita.

Es la fecha que insiste en no ser olvidada: 19 de Septiembre.

Ese martes, dos horas con 14 minutos fue la diferencia entre vivir un simulacro de terremoto y otro en tiempo real. No hay comparación.

Lo saben muy bien quienes con cualquier otro movimiento telúrico, del cualquier nivel, sienten un miedo que recorre, en segundos, 32 años de distancia. En un ir y venir pasan de 1985 (8.1 grados en la escala de Richter) a 2017 (7.1 grados), y viceversa.

De que ocurriera así sólo había una posibilidad de entre 74, explicó, mediante una ecuación, Mogens Bladt, investigador del Departamento de Probabilidad y Estadística de la UNAM, durante una entrevista para el periódico El País.

Esta vez, el pánico y la histeria no estuvieron solos. Había interrogantes, coincidencias. La fecha y la proximidad, burlona, de una simulación a una realidad.

En tantos textos noticiosos leídos, sólo una referencia encontré sobre la duración del sismo de éste nuevo 19 de Septiembre.

“El sismo de 7.1 grados Richter tuvo una duración aproximada de dos minutos”, informó el doctor Alejandro Vargas Colorado, integrante del Instituto de Ingeniería de la Universidad Veracruzana.

El temple o el miedo debieron sopesarse desde 12 días antes. La naturaleza jugaba a las apuestas. El jueves 7, a las 23:49 horas, un latigazo sacudía las paredes de Oaxaca y Chiapas. El nivel de 8.2 grados en la escala de Richter sorprendía y castigaba a los habitantes del Istmo, pero perdonaba a los de una de las zonas más pobladas del mundo.

En la Ciudad de México sólo alcanzó para un gran susto de medianoche. Una alerta previa al recuerdo del 19 de septiembre de 1985. Faltaba semana y media y era imprescindible cumplir con el puntual ejercicio del simulacro y poner a prueba nuestras capacidades de orden, tranquilidad, socorro, solidaridad, supervivencia.

El doctor Vargas pudo tener razón. Fueron dos minutos tan largos como dos horas. O quizá minuto y medio, pero no un minuto.

Hoy se confirma que la ausencia, ese día, de una alerta pública -como la que a veces suena, la que a veces se equivoca, la que a veces salva- fue decisiva en la pérdida de vidas. Un minuto de anticipación es un minuto. Tan breve el tiempo para ponerse a salvo como tan largo el de quedar aprisionado en el crujir de paredes y ese peculiar y escalofriante movimiento hacia los lados o de arriba abajo.

Lo que pasó en casi dos minutos de estruendo e histeria tal vez nadie lo dimensionó al instante.

Las desgracias se comenzaron a conocer en forma aislada, personales.

Quizá quien lo percibió en su totalidad, media hora después, fue el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, quien tras el aviso recibido en pleno vuelo, casi al aterrizar en Oaxaca, ordenó a la tripulación del TP-01 girar hacia la Ciudad de México.

La toma desde el avión, y después desde un helicóptero abordado en la base aérea de Santa Lucía -pues el aeropuerto capitalino fue cerrado por seguridad-, no presagió nada bueno. Columnas de humo, principalmente polvo, nublaban la vista desde el aire.

No cabía la duda: Muchas casas y edificios habían colapsado. Existía dolor, desesperación.

Comenzaba el ulular de sirenas por toda la Capital mexicana y su zona conurbada. Ambulancias, patrullas, bomberos, Ejército, Marina, iban y venían. El Presidente, como el Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, hacían recomendaciones, la principal: Dejen las avenidas para los vehículos de auxilio. “Resguárdense”.

La Ciudad de México, Morelos, Puebla y Estado de México habían sido golpeados en otro 19 de Septiembre. Oaxaca, por si no tuviera ya con el sismo de 12 días atrás, volvía a estremecerse.

Hasta el cierre de esta edición (viernes 22), las víctimas mortales sumaban más de 300, pero aunque las esperanzas se esfumaban cada minuto, cada hora, voluntarios, rescatistas mexicanos, así como de Japón, Estados Unidos, Israel, Chile, Colombia, Panamá, y otros países, agotaban esfuerzos levantando muros e intentando detectar vida bajo los escombros con la ayuda de instrumentos y perros adiestrados.

Se perdían batallas, pero se ganaban muchas. Hasta este día, los rescatados con vida ascendían a alrededor de 80. Nada daba tregua a suspender el intento de salvar una vida.

19 DE SEPTIEMBRE

A las 11:00 horas en punto sonó la alarma. Como era casi una obligación en muchas casas, oficinas, empresas, restaurantes, gimnasios, se asumió la tarea de salir en orden y colocarse en un lugar seguro. Se atendieron “heridos” y hasta se vieron gestos de solidaridad.

Todo salió bien. Era un simulacro en pleno 32 aniversario del que no lo fue en 1985.

A las 13:14 horas -por qué no, también en punto- no sonó la alarma. Sonaron las paredes, el piso, los techos, las bardas. Cayeron pedazos de muro, piedras.

Tras percatarse de la dimensión del fenómeno, todo el Gobierno federal, como en Oaxaca y Chiapas (encabezado por el Presidente Peña Nieto), el Gobierno local (por Miguel Mancera), Gobernación (Miguel Osorio), Defensa Nacional (General Salvador Cienfuegos) y Marina (Francisco Soberón), principalmente, iniciaron un mapeo para establecer, primero, el alcance; segundo para coordinar el apoyo.

Comenzaba una carrera contra el tiempo.

Un conteo oficial del Gobierno de la Ciudad de México informó, tres días después, que la cantidad de inmuebles dañados era de aproximadamente 4 mil.

Casi 12 horas después, en un mensaje al país, Peña Nieto establecía: “La prioridad es el rescate de los atrapados… Estamos en plena coordinación”.

La información sobre el sismo sosías del 85 ocupó, desde este día, las portadas completas de los medios escritos, como de los electrónicos.

Se paralizó la actividad política. No había margen para la frivolidad entre precandidatos ni para siquiera murmurar sobre el 2018. La prioridad era el 2017, septiembre, día 19 y los que siguieran.

Gobernación emitía la “Emergencia” para la Ciudad de México. Estados Unidos y Canadá eran los primeros en ofrecer ayuda a México.

Y eran las primeras horas de una historia entre júbilo, desilusión y enojo en el Colegio “Enrique Rébsamen”. Niños atrapados, decían, utilizaban el WhatsApp de sus celulares para comunicarse entre ellos y entre sus familiares.

Después, entre una audiencia frágil a los melodramas y el avorazamiento por el rating, surgiría la trama de un capítulo de al menos 30 horas.

Un lindo nombre, “Frida Sofía”, que daba a la imaginación el entono misterioso, pero tierno, de una adolescente de 12 años atrapada bajo toneladas de cemento, sumió a los televidentes (rescatistas, marinos, reporteros, productores) en horas de angustia, de llanto, de desesperación.

Hasta que el Secretario de Educación, Aurelio Nuño, como en hora de cuento, la medianoche, rompió el encanto.

Nadie se vestiría de gloria ni nadie elevaría una plegaria. “Frida Sofía” no existía. La joven fantasma sólo fue esculpida en fragmentos de pesadas losas. Un caso sólo apto para la psiquiatría.

Ya casi terminaba el primer día de infierno, pero Donald Trump, seguramente insensible, imploraba: “Que Dios bendiga a los mexicanos”.

En nueve estados se declaraba la suspensión de clases.

Yo escribía… “Y líbranos del mal…

20 DE SEPTIEMBRE

Angélica Rivera, esposa del Presidente Enrique Peña Nieto, comandaba centros de acopio y ofrecía: “Aquí están nuestras manos, nuestro corazón”.

Todos los rumbos siniestrados de la Ciudad de México, de Morelos, de Puebla, principalmente, dejaban ver que si algo ha crecido, por encima de las calamidades, por encima de la afanosa corrupción, es la sociedad civil.

Era como la hora 36 desde la infernal sacudida y los voluntarios, en principio casi gente mucho menos adiestrada que la que se incorporó tiempo después, ya sumaban cerca de 30 personas rescatadas con vida.

Peña Nieto visitaba Jojutla, Morelos, y anunciaba un plan de acción.

A las labores de los rescatistas se añadía la lluvia que por sectores era a veces intensa. Podría ocurrir lo que fuera, pero algo estaba “prohibido”: Bajar las manos.

Acompañado de Mancera, Osorio, Cienfuegos y Soberón, el Presidente llamaba a la solidaridad: “Todos somos uno”, dijo en otro mensaje.

Un poblador morelense lamentaba: “Jojutla parece que fue bombardeado”.

José Antonio Meade anunciaba una evaluación del Paquete Económico 2018 y los partidos políticos comenzaban un maratón para ver cuál donaba más y apantallaba a la ciudadanía.

A la escalada de ayuda a México se sumaban España, Francia y Venezuela.

21 DE SEPTIEMBRE

El Presidente de la República repetía, una y otra vez, “las labores de rescate no se suspenden”.

A los mexicanos les afligía la suerte de “Frida Sofía”. La “niña fantasma” acaparaba las lentes de toda cámara, pero principalmente las de Televisa.

El desenlace ya lo contamos. “Un caso sorprendente y extraño”, dijo Nuño.

Al final, la televisora hizo muecas, se reacomodó en sus sillas y dijo ser sólo receptora de lo que le dieron los encargados de la operación rescate en el Colegio “Enrique Rébsamen”.

La Marina se disculpó con los mexicanos.

Voceros precisos de la fábula fueron el marino Francisco Javier Vega Guzmán (“Frida Sofía, la que está ahí adentro, nos confirmó que eran cuatro y nos dijo cómo se llamaba. Verificamos el nombre en la lista de alumnos y era la única ‘Frida Sofía’. Se le preguntó si era ‘Frida Sofía’ y dijo que sí”) y el Almirante José Luis Vergara (“estamos hablando de ‘Frida’, de ‘Frida’… No tenemos contacto visual; solamente infrarrojo, pero hemos tenido contacto acústico, con voz con ella. Así es, ya la escuchamos”).

Como ellos dos, también lo fue un rescatista, Rodolfo Ruvalcaba, quien informó, en exclusiva a Televisa, que “Frida” le había dicho su nombre y mencionado la presencia de otros niños atrapados cerca de ella.

Pero la fábula de Villa Coapa era sólo una parte de la geografía impactada.

Ahora valía más la realidad, esa que amorataba y sangraba las manos de otro tanto de voluntarios y “topos” en al menos 10 puntos “sumamente graves” de la Capital, de Morelos, de Puebla. Ésta última, a donde Peña Nieto cumplía su nuevo recorrido. Después viajaría, nuevamente, a Oaxaca, sí, a cumplir el viaje suspendido porque la Ciudad de México y otras entidades sufrían como las del Istmo.

22 DE SEPTIEMBRE

Como días después del siniestro de 1985, las ciudades afectadas por el sismo de 7.1 grados comenzaban a resignarse a lo ocurrido.

El país entregaba, en principio, ocho cadáveres de extranjeros muertos durante el terremoto. A los nuestros les lloraban, los sepultaban.

Comenzaba a ganar escenario, otra vez, el ya desgastado debate de la clase política. Claro, su justificación era el apoyo económico a los afectados.

Osorio, encargado de los Asuntos del Interior, planteaba hacer a un lado el oportunismo.

Para conciliar a la sociedad con la naturaleza faltaban días. Fuera del golpeteo de piedras, del ruido de las palas y picos, en muchos ciudadanos habitantes de las zonas en donde dejó cualquier huella el trancazo de 7.1 grados, el menor signo de movimiento o ruido era volver a la pesadilla.

Ni maldita ni bendita. Demoledora. Inaudita. Fecha 19 de Septiembre.