Esas calles de ayer: Saga del poeta

Presentan dos obras reimpresas de Margarito Cuéllar.

Presentación de un libro de poemas

Con poetas durante la presentación de un libro de Margarito Cuéllar en Bellas Artes.

A más de dos décadas de su aparición, por “Estas Calles de Abril” y “Saga del Inmigrante” corre la savia que nutre su árbol de palabras.

Lo único que cambió fue su melena.

Lo demás sigue intacto: La mayoría de los poetas desdeñan las presentaciones de libros de los poetas; la poesía es distinta a los mítines políticos: no acarrea gente, y sigue arrinconada en la laberíntica sala “Adamo Boari” de Bellas Artes.

El pasado miércoles 28 de enero tuve un reencuentro con el amigo de los años 70s, el personaje de los 80s, el fantasma de los 90s y el poeta de siempre.

Días antes, Margarito Cuéllar me dijo: “Ya estoy en las entrañas del monstruo dispuesto a no dejarme atrapar”.
Ah, él, vencedor de otras bestias, como el hambre, la impaciencia, la ira; o el acoso político o la muerte de su padre (el inmigrante), temiendo el saludo de la gran urbe.

Claro, era un decir, sin miedo siquiera a la insensibilidad cultural, Cuéllar ha validado su trabajo no sólo en México. Lo ha hecho desde Estados Unidos hasta España, Ecuador y Colombia, en donde me dicen que lo quieren como un mismísimo hijo de Sucre o de Bolívar. Sí, libertador él también de la República de la Poesía.

Y sí, “regresó de cacería con un león sobre su caballo”.

“Estas Calles de Abril” y “Saga del Inmigrante” no son la presentación de Margarito, pues su obra es extensa y bastante conocida. Por algunas raras razones, y tal vez porque la Ciudad de México es inconquistable (al menos para los poetas), no había echado anclas aquí como ahora lo hace.

Esto debió haber sido no sólo un reencuentro para mi sino para muchos otros amigos.

Algunos estuvieron ahí como los presentadores Eduardo Langagne, Paola Velasco y César Gándara. O los que desde alguna silla pasaban lista como Ricardo Yáñez, Sonya Garza Rapport, Roberta Garza y Ernesto Lumbreras.

Faltaron Marco Antonio Campos, Óscar Wong (a quien le debo una cena en mis cinco sentidos), José Ángel Leyva (quien iba a ser presentador y el propio Cuéllar disculpó “porque le di mal la fecha”), Armando Alanís (dos horas antes daba una conferencia sobre mini-ficción en La Condesa), Juan Cervera (de los primeros que en los 80s dieron asilo en el DF a migrantes regiomontanos),

Arturo Ortega (experto en “coartadas” y en dejar gente “colgada”), entre otros.

Pero hablar de su poesía o de los reencuentros nos llevaría páginas y páginas y botellas y botellas.

Me quedo por lo pronto con las palabras de Campos en la introducción del poemario dual presentado: “La de Cuéllar es una poesía escrita con la nobleza del corazón que no niega el azul del cielo”.

Me quedo con algunos de sus versos que pinchan la carne como el aguijón de una avispa, que arden como el incendio de un bosque ante el grito de las fieras o como el abrigo de tristezas, loza que cargamos sobre nuestras espaldas en el invierno más crudo:

“Niños en cuya piel se cruzan los mapas de la tierra”.

“Salgo a enfrentar el día/ con mi cuchillo de amar dispuesto a todo”.

“Te llevaré serenata con mi orquesta de pájaros”.

“Para volarse la tapa del amor/ siempre sobran pistolas”.

“Y se pusieron alegres de tan tristes”.

“Un pájaro amarillo de 38 grados a la sombra”.

“Yo recuerdo la forma en que en su cuerpo se anochece”.

“Florean tus labios cuando dices ‘en junio cantan los naranjos’”.

“Frente a la casa que tardaste veinte años en alzar, una mancha de cal espera el alba”.

Margarito le dice a la vida sus verdades, se trenza a golpes de palabras con los contrincantes que sus ojos le destinan.
Su poesía baila, danza, hace gimnasia en el limbo de todos los géneros. Un poema largo, en prosa, sería una excelente novela porque su escritura desmenuza la realidad en el golpe exacto de la metáfora y la imagen. No más.

Su oficio es transparente como una gota de agua que se transforma de repente en espejo, en mar, en llanto, en aire, en alcoba, en cápsula del tiempo. Sí, la gota de agua que de un santiamén es el universo entero.

Para hacer referencia personal a ese largo tiempo transcurrido desde que se escribieron estos libros a la fecha, y para demostrar que la poesía no muere, pervive, quiero responderle gratamente a la señora que en la presentación de este volumen preguntaba a

Cuéllar si sus poemas aplican a la violencia que sufre hoy el Distrito Federal.

Ella buscaba en la poesía de Margarito el elixir para solventar la agresividad del cuchillo, la bala, el AK-47, el R-15.

Sí, señora, la poesía es el espejo histórico de todos los tiempos: Aún hay fábricas en México, calles, iglesias, ladrones, asesinos, enamorados. El hombre no cambia, no muta, sólo viste diferente cada día.

Algunos dicen, erróneamente, que en poesía todo está dicho. No: hemos llegado a la Luna y próximamente a Marte, pero no a las entrañas de lo que observamos. Por ejemplo, ¿qué hay, no atrás, sino adentro de un pájaro? Ni el árbol ni el cordel donde se posa, ni el viento. Hay, dice Cuellar, una orquesta.

En aquellos años, cerca del silencio impune, en algo coincidimos Humberto Salazar y yo platicando en la monumental biblioteca de su casa y con dos morrales llenos de caguamas a un lado: La poesía de Octavio Paz trasciende todos los tiempos sin ideologías ni colores. Es intemporal.

Fue en algo que coincidimos milimétricamente antes que la dantesca disputa por un tarro marcara un inútil distanciamiento… y mi destierro sempiterno (avalado por Cuéllar) de toda publicación de poesía.
Pero así es, señora, esto de la vida y la poesía.

Con todo esto una estampa me viene a la memoria. Un día de no sé que año -78 ó 79- degustábamos un banquete: tortillas calientitas, aguacates y chile “piquín” recién cortado del monte, parados afuera de su casa (un cuarto con blocks apilados y techos de cartón) postrada en un terreno que le acaban de entregar en “La Cuchilla” y desde ahí planeábamos tomar la ciudad. Monterrey se veía esplendorosa, gallarda y rabiosa.

Nuestras únicas armas eran los libros. Vino Nicaragua y él se alistó para el combate. Del DF lo rebotaron y no subió ni al avión.
Después cambiamos las boinas por las corbatas, las palabras por el olvido.
Repito: el miércoles en la laberíntica sala “Adamo Boari” de Bellas Artes disfrutamos los poemas de Margarito Cuéllar, después brindamos y nos echamos un trago como si nada, así como si nada.

Como dijo Manuel del Cabral, poeta dominicano:

Yo vengo de tan lejos y de tantas palabras,
vengo de tantas manos y de carne con precio,
vengo de tantos vientres con inéditos gritos,
que me sube la voz igual que un ojo.

¿No sientes que mi sangre suelta de pronto pájaros?
Si yo pudiera ahora ponerme a juntar ojos,
a llenarme las manos de habitantes que duelen,
y a enterrarme sus dientes lo mismo que semillas…

En las últimas palabras de tu libro, Margarito, dices: “Cuesta trabajo tomarle el pulso/ hallarle el corazón a la ciudad”.

Ya estás aquí, y ni modo…

P.D.
El Márgaro no aguantó y un año después se regresaba a Monterrey.